Todo el amor sería más ardiente si la razón no residiera en nosotros o quizá más bestial, es que dentro de la bestialidad está la naturalidad de los movimientos pasionales. Pero si fuera el instinto quien nos llevara a enamorarnos locamente entonces los actos serían repetidamente iguales, por lo tanto no está la razón tan exenta como parece. Es una mezcla de contenidos como el primer principio del amor que asumen la participación de dos individuos
Para sentir que sus pies estaban bien afirmados en el terreno, Agusto tenía que conocer cada recoveco de la inmensa casa. Seguía creyendo que alguien más vivía entre ellos dos y para empezar se proponía descubrirlo.Algo distinto era proponerse conocer quién era la persona que se sentaba todos los días a compartir los momentos de paz, Grazia, eso le iba a llevar más tiempo del que pensaba, más siendo una mujer. Ni viviendo años con ella iba a saber quién estaba a su lado, la lógica de una mujer es la de un laberinto mientras más se adentra en ella más se pierde, y cuando se está dentro no se sabe cómo salir. Entonces Agusto comenzó por observar las rutinas de Grazia y seguirla en cada lugar de la casa en que ella encerraba su ser.
Todas las mañanas la mujer bajaba a un sótano no sin percatarse que nadie la siguiera y si no bajaba al sótano subía a la azotea, se dirigía luego a su cuarto si no se dirigía a su cuarto salía de la casa, iba cuatro veces a la cocina y si no iba a la cocina iba al baño. A Agusto le sorprendió no sin cierta alegría lo totalmente organizadas y rituales de las acciones de Grazia, pero eso lo hizo sospechar.
Ella nunca se despegaba de su enorme manojo de llaves que pendían de su cadera y que en los movimientos casi circulares de un costado a otro se oían tintinear.
La planificación era fácil pero difícil llevarlo a cabo. Esa noche esperó a que Grazia hiciera su ronda nocturna y cuando se fue a dormir , se fijó en la puerta que había hecho la marca días anteriores. Tras ella una escalera lo llevó a una biblioteca gigante, todo el ruido del silencio percató la presencia de Agusto y quedó inmóvil. Los libros cubrían las paredes masticando los espacios oscuros, todas aquellas cubiertas eran la fortificación que ocultaban un secreto, allí no había nadie durmiendo así que lógica novelesca de Agusto le sugirió que había una puerta escondida. No podía ser un simple ejemplar el que abriera la puerta y también si realmente la alcoba de ella se encontraba del otro lado de la biblioteca no podía realizar tanto ruido porque terminaría despertándola. Esa noche decidió que no haría nada, simplemente fue imprimiendo en su mente los títulos de los libros. Pues Agusto que solía enredar las lapiceras entre sus cabellos cuando estaba nervioso, hoy no tenía ninguna colgado.
La mayoría del tiempo era un tipo distraído capas hasta de olvidar lo que acababa de decir, pero se había creado una memoria fotográfica de tal manera que cada vez que recordaba algo, sus cinco sentidos se activaban enarbolando una memoria que se sentía como un acto presente. Esa función casi automática, la había desarrollado para imprimir en su mente los pocos momentos de felicidad que había vivido y aunque le era muy útil para su trabajo, a menudo minucioso, lo ponía de muy mal humor tener que usarla para eso. Muy seguido cuando se encontraba deprimido, cerraba los ojos y abría ese viejo álbum de fotos que atesoraba en su reminiscencia, entonces le pasaba de recordar días felices, y seguido de una cifra, una clave, un símbolo, lo desencantaba y lo volvía el hombre más insoportable sobre la faz del mundo.
Una vez que se dirigió a su cuarto, copió en su anotador todos los títulos de los libros e intentó darle un orden lógico que le permitiera encontrar el libro o contraseña de libros para entrar. Cuando escribía Maupassant, apareció traspapelado y vivamente un recuerdo suyo: era joven, una noche de verano, las nubes se debatían entre ellas qué lugar del cielo tomar y mientras iban apoderándose del espacio mutaban su forma, estaba en el patio de un amigo, sentado en una silla con el corazón apuñalado , fumando y tomando licor de banana, entre la oscuridad él no se distinguía. Se quedó aprisionado por esa visión como en un sueño en que el cuerpo no puede escarpar de algún peligro si no que está hundido en una cama hueca con los bordes de la piel atrapados por punzantes clavos, y en que toda la desesperación se avalancha en el túnel de la garganta, así esa acumulación de emociones lo dejó dormido en sus anotaciones.
Al otro día tomó algunos libros no de la biblioteca si no del living, estratégicamente escogidos y ordenados para que no se notara su ausencia a simple vista. Cuando los abrió noto la presencia de un ávido lector que había subrayado, llenado de grandes asteriscos, notas a pie de páginas y recortes de fotografías de las más bellas damas de la época. Lo que más sorprendió a nuestro personaje fueron las flamantes frases que encontró entre los colores estridentes y las profundas reflexiones del aprendíz
“el amor cerebral sin duda es más inteligente que el verdadero amor, pero sólo cuenta con instantes de entusiasmo; se conoce demasiado sí mismo, se juzga demasiado; lejos de embrollar las ideas, está construido sólo a fuerza de ideas”
II, 19
Obsesivo como aquella alma sensible se puso leer todo compulsivamente, anotaba conclusiones o citas textuales y trazaba líneas de un lado a otro, cuando se vio las manos no lo asustó el hecho de que estuvieran todas rayadas sino que estaban trémulas. Esos días Grazia lo vio salir y entrar de su habitación para preparar café , con los pelos arremolinados y la mirada desencajada. Ese insólito comportamiento hizo que ella terminara dándose cuenta que extraía libros del
living. Y una noche cuando Agusto salió sin el mínimo cuidado de no hacer ruido con la rabia de la pasión arrebatando su cuerpo, tropezó con una pila de libros en el suelo, Grazia los había dejado allí para que los leyera, creía que el aburrimiento del encierro lo había trastornado y sumergirse en realidades alternativas le permitiría sobrellevarlo mejor. Atolondrado se metió de la manera menos discreta a su cuarto, estaba extasiado esa noche terminó exhausto.
Tres días después salió normalmente y compartió las comidas con la señorita de la casa, una sonrisa de triunfo y vanidad abundando en sus gestos. A ella no podía parar de sorprenderle los descomunales estados de ánimo de Agusto, finalemente le dijo
- Esos libros pertenecían a mi abuelo, las anotaciones y subrayados son suyos, supongo que se habrá fascinado con ello-
Agusto le hizo un gesto con la mano para que siguiera relatando
- ¿qué más quiere que le diga? Su existencia fue muy triste vivió para el trabajo, y cuando lo jubilaron, él mismo se internó en un asilo dónde murió al poco tiempo de tristeza. Hay gente que se comporta naturalmente como un vegetal, nace, se desarrollan, y mueren.
Hm, interesante, pero allí hay anotaciones que son de dos manos….
- Aquel otro puño es mío, sepa disculpar lo arruinado que quedaron los ejemplares cuando pasaron por mi garra, además de lo irreflexivos e inconexos de mis pensamientos.
A Agusto se le había caído una galleta de la boca, no podía creer que aquella mente brillante que había contribuido junto con su abuelo a turbarlo tanto se avergonzara de ello. Esta era la primera vez en que Agusto se interesaba en Grazia , no como mujer, sino como persona.
Usted se equivoca muchacha malcriada.
A Grazia le gustaba ese aire entre educado y chabacano de Agusto.
- Soy una persona llena de contradicciones señor, siempre los opuestos me guían pero no como diferentes si no como un uno y el otro por falta del mismo.
Si lo sé señorita, eso ya lo he descubierto.
Ambos sonrieron y tomaron de su tasa como si hubieran brindado, mirándose a los ojos siendo cómplices de algo que el otro no sabía.


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